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El ladrón de chicles

Archivado en Literatura � Fecha: 30-06-2008 08:11:50

Me gusta Douglas Coupland. Lo reconozco; no creo que haya nada de malo en leer de tanto en cuando (he estado repasando lo escrito en esta página y me doy cuenta de hasta qué punto le puedo sonar anticuada a alguien que no me conozca) a un escritor dl grupo que yo llamaría el de los modernillos. Si hubiera que clasificar a nuestro viejo amigo Coupland, Chuck Palahniuk y Bret Easton Ellis, por poner sólo los ejemplos que me vienen más rápido a la memoria, en algún tipo de generación yo inventaría sin dudarlo, como hubo quien alguna vez inventó la generación del 27 o la generación beatnik, la generación de los modernillos. Aunque seguro que la categoría que los engloba ya ha nacido y ha sido bautizada con un nombre original y ocurrente, con un vocablo ingenioso y, por tanto, más adecuado a las circunstancias de esta gente. Porque si de algo no cabe duda es de que vivimos en una sociedad en la que nos encanta clasificarlo todo; tal vez no nos sirva mucho para llegar a comprender, pero desde luego es un primer intento y una muestra de interés. Así, durante el ejercicio de ese trastorno obsesivo compulsivo clasificador nacieron la literatura femenina, las películas de culto, la música indie, los alimentos sanos e incluso la generación X, denominación por la cual no sé si se le debía pagar o no copyright a Coupland. Y todos nos hicimos vegetarianos, mods, budistas o ultraconservadores, por la sencilla razón de que llevar sólo las etiquetas de hombre o mujer, joven o viejo, es algo muy manido y por tanto terriblemente anodino. Es como si las cosas no hubiesen existido o no hubiesen tenido sentido hasta que se les puso un nombre. De alguna manera la realidad no nació hasta que no nació el lenguaje, y de esto ya se ocuapaba hace mucho tiempo gente como Witgeinstein u otro que no recuerdo… 

Pero vuelvo a Coupland, claro. Fue él, nuestro querido autor, quien escribió un libro titulado Generación X que sirvió para fingir que podíamos definir a un montón de gente en los añorados noventa (no, los noventa no fueron un invento de Reality Bytes, sucedieron de verdad). Al igual que, se me ocurre, Nabokov escribió una novela con la que su mayor logro (aparte del de escandalizar a todo dios y convertirse en obra de referencia para cualquier aspirante a escritor, por supuesto) fue que cierto prototipo de jovencita con ínfulas de criatura lasciva fuera a parar dentro de un grupo de clasificación denominado lolita. La literatura y los autores siempre han tenido ese poder para crear combinaciones de palabras con las que nombrar y a ratos incluso clasificar las cosas, por algo dominan y domestican las letras. Y ahora más que en sinónimos como dantesco, kafkiano o sádico estoy pensando en que si George Orwell no hubiera acuñado las palabras Gran Hermano, el título de estos reality shows hubiese sido mucho más sosainas y por supuesto mucho menos evocador.

Si los ochenta fueron gloriosos, los noventa, aunque a ratos algo pesados, también. Y Douglas Coupland escribió un libro que poco debía tener que ver con la gente que pobló aquella generación, más que nada porque por aquel entonces la mayoría de seres humanos ya eran tan aburridos y faltos de interés como ahora. Sin embargo, los personajes de su novela, molaban. Yo quería tener amigos como ellos. Para que os hagáis una idea, uno de los chicos protagonistas quemaba el coche de su jefe a causa de una gamberrada y luego se encontraba a éste, que era un tipo simpático, en una fiesta y hacía como si nada; y la única chica del relato esparcía por error material radioactivo por la sala de estar de uno de los chicos. Y por supuesto, como en cualquier buena novela de Coupland que se precie de serlo, todos estaban obsesionados con el apocalipsis. Sí, eran muy guays. En serio que hay que tener un gran talento y mucho ingenio para escribir diálogos que consigan que desees ser amigo de unos personajes de ficción.

Por alguna razón, seguramente porque lo que me explican no mola tanto, leyendo El ladrón de chicles no me entran ganas de intimar con Brittany o Roger. Sí que me interesaría, en cambio, ser vecina de la pareja mayor que protagoniza el libro que escribe Roger en sus ratos libres en su trabajo en los grandes almacenes de material de oficina Staples.

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