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El instante

Archivado en Literatura � Fecha: 28-06-2008 15:55:34

Debo decir que mi fracaso o, como mínimo, mi ausencia de éxito –al menos en el sentido que mis padres podrían entenderlo- empezó a intuirse el día en que me vi inmersa en el primer curso del por aquel entonces nuevo plan de enseñanza, o sea, ESO; ésa fue la circunstancia que me abrió los ojos definitivamente y me hizo ver demasiado a las claras que la mayoría de mis compañeros de generación eran casi completamente idiotas, y que, como ser social que era y en parte sigo siendo, poca motivación podía llegar a encontrar en una estructura plagada de gente así. Yo odiaba a todo el mundo ahí, a quienes llenaban el aula, más de lo que había odiado nunca a aquellos con quienes me había encontrado con anterioridad. Y para seguir en mi estado de estupor me vi abocada a una serie de asignaturas inútiles y anárquicas llamadas créditos que creo que ibas escogiendo sobre la marcha, que resultaban una absurda pérdida de tiempo y, sobre todo, una nueva inmersión en el infierno del instituto, entre las que la que me parecía más aceptable a priori era la asignatura de francés. En ésta nuestra profesora era una mujer mayorcita, exazafata belga para más señas, que nos informó con todo lujo de detalles sobre las ventajas e inconvenientes del trabajo en las alturas y llevó a varias chicas a pretender escogerlo como oficio soñado; además nos explicó varias y sosas anécdotas de su vida. No recuerdo haber aprendido demasiado del idioma de las Galias más allá de los números y la frase tú me haces vomitar, y de hecho no me atrevo a escribirla aquí en versión original porque me temo que lo haría de forma incorrecta. Sin embargo, esa mujer sí que descubrió, contra todo pronóstico, algo a mis oídos abiertos ya por entonces a la aleatoriedad de cualquier recomendación literaria que se pudiera dar como sin querer, así que yo cacé al vuelo el nombre de Marguerite Duras en cuanto lo extendió; y luego ella se dispuso a regalarnos un relato acerca de los méritos sin parangón de dicha autora. Y desde entonces, nunca me he arrepentido de haber estado atenta en la clase de francés.

Esto fue con  lo que me topé más tarde cuando me puse a leer: Marguerite Duras capta como nadie un instante en la vida, en la vida de una persona que podrías ser tú. Sí, tú podrías haber vivido esa cosa y esa misma cosa haber sido vivida por otro, y esa unión, esa capacidad de mirar a alguien y saber que quizás se encuentra en la misma circunstancia que tú, que podría estar ligado a un instante similar al tuyo lo hace tan cercano como extraño. Las palabras no son pronunciadas y el tiempo se detiene, y sólo queda ese instante que podrías recordar eternamente, ese instante por el que serías capaz de tolerar vivir toda una vida. Y aunque estés viejo y arrugado recuerdas ese instante único en el que te encontraste inmerso, eras el protagonista y tenías la piel tersa y suave. El instante, ése nombre en francés es el más adecuado que he oído nunca para un perfume. Porque una fragancia podría ser justamente esto, la evocación de un momento de gloria, de una intermitencia del corazón.

En El amante, su novela más famosa y por la que recibió el premio Gouncort, uno de los más importantes de las letras francesas, en el año 1984, se nos cuenta una historia hasta cierto punto autobiográfica, la relación que una chica francesa muy joven que vive en las colonias mantiene con un rico y enfermizo heredero asiático, la casi prostitución que ésta supone y la existencia miserable en un rincón del mundo donde todo el año el calor es asfixiante y el chino es como un idioma gritado en el desierto. Duras lo hace con un estilo simple y seco, en presente y en primera persona, con frases repetitivas que consiguen recrear la fuerza de ese momento único que uno ha de recordar siempre, que algún día, en una tarde cualquiera, sentado en una butaca revisionando tu vida te acudirá de nuevo a la mente. Vale la pena invertir una cuantas horas, no hace falta que sean muchas, de un día de, por ejemplo, este verano en este librito. Se lee rápido y se lee bien. Y lo mejor, lo que queda de él al juntar la tapa posterior con el resto de hojas del ejemplar es mucho, tan intenso y crudamente evocador como el instante.

Aparte del interés de Marguerite Duras por la literatura hay que destacar sus inmersiones en el mundo del cine, como guionista e incluso como realizadora. Pero de estas facetas ya da buena cuenta la Wikipedia , que para eso es menos vaga.

Hará un par de años visité la tumba de Charles Baudelaire en el cementerio Montparnasse y fue una sorpresa para mí descubrir que ahí, muy cerca del gran poeta, había ido a que la roieran los gusanos la gran escritora. El ver a ambos tan de cerca me llevó a entrar en éxtasis. Por supuesto.

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