Niños
Archivado en Personal Fecha: 27-10-2007 21:41:25Hoy he estado comiendo con la familia de mi madre, la única parte de familia que de verdad puedo soportar. Y ésta me gusta, entre otras cosas, porque tiene una casa enorme llena de perros felices que corretean bajo el tendido de parras del patio y te traen la pelota de tenis para que juegues con ellos, como si te conocieran de siempre. Los animales son así de básicos y amables, y la familia de mi madre también se comporta de esta manera. Te hace sentir como en casa, pese a que hace ocho años que no la veía. Mientras que ellos sólo han envejecido, a mí a duras penas me reconocían, porque se puede decir que desde entonces he cambiado bastante. Ahora soy mayor. Cuando mi prima ha recordado la última vez que nos vimos me ha parecido increíble e imperdonable que yo no hubiera mostrado ningún interés por visitarlos en tanto tiempo. Me he sentido realmente responsable de algo muy grave.
Después de comer hemos paseado por la playa y he visto a lo lejos el rompeolas, y, en el mismo plano visual, lo cercanas que parecían las calas de otros pueblos que yo creía alejados. Le he dicho a mi tía que siempre he querido tener una cometa que poder hacer volar corriendo por la arena. Aunque no es del todo cierto; de pequeña me hubiera encantado, ahora, a estas alturas, me sentiría un poco estúpida.
También me gustan las dos hijas de mi prima, dos niñas rubitas de cuatro y seis años con pestañas larguísimas y fisonomía de guiris. La mayor con su vestido, sus coletas y sus mofletes parecía una alemanita de la Selva Negra. Todo el tiempo querían hacer barquitos de papel y ponerlos a navegar en la piscina, y para ampliar la flota bastante rápido me han forzado a trabajar en ello sin parar. Cuando pensaba que por fin estaban satisfechas y mi labor ya había concluido volvían a aparecer con nuevas hojas de papel que doblar. A mí los niños me agotan bastante, en parte porque, por alguna razón, les gusto y se me pegan, pese a que la mayoría de veces me muestro un poco antipática a propósito para repelerlos. En este caso eran dos niñas bastante soportables, pero querían que me trasladara a su emocionante mundo de juegos infantiles en lugar de permitirme perderme en la conversación de los mayores, que yo creía que era el lugar que por derecho me correspondía. Pero el mundo de los mayores parece ser algo que no va del todo conmigo y los niños se dan cuenta. Yo intento apartarme de ellos y fingir que soy adulta y todo eso, pero saben que no es cierto, o que al menos no me lo acabo de creer. Los niños notan estas cosas. Así que no me suele quedar más remedio que unirme a ellos y participar en lo que hacen. Cuando han sacado sus ridículas muñecas Polly Pocket y las han empezado a vestir he visto con claridad que ya no había nada que pudiera hacer para librarme.