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Mercè Rodoreda

Archivado en Literatura � Fecha: 20-10-2007 10:59:42

Leí por primera vez a Mercè Rodoreda en el instituto, cuando me mandaron “Mirall trencat” para la clase de catalán.

Tras ese libro obligatorio decidí que ya no podía vivir sin sus novelas. Y, aunque otros autores como Vladimir Nabokov me gustan mucho, he de admitir que no encuentro en la trayectoria de éste la cantidad de obras maestras que sí que aprecio en la de la Rodoreda. De hecho, pese a los estilos tan diferentes de ambos, no me cuesta percibir similitudes entre algunos de los mejores momentos de “Mirall trencat” y “Ada o el ardor”, que son aquellos en que unos niños crecen y juegan alejados de las vista de sus padres en un inquietante jardín paradisíaco, planeando incestos.

La dulzura e inocencia que a algunos les pudieran parecer casi empalagosas en la escritura de Mercè Rodoreda es en cierto sentido más amoral que la actitud cínica de otros novelistas. Ella nunca juzga a sus personajes, y eso es algo que ni Nabokov pudo evitar hacer en lo tocante a Humbert Humbert.

Por último, diré que no necesito ni incluir un pequeño fragmento de una de sus novelas para demostrar lo buena que es. Me basta con copiar un trozo del prólogo que escribió para “Mirall trencat”. Traduzco del catalán y así me permito un rato de renovado placer mientras lo hago, a la vez que intento comprobar si me fascina igual.

“La Perla del Lago es un restaurante cerca del Leman. Cerrado en invierno, en verano es un lugar encantador. En la terraza toman el té señoras y señores ginebreses felices de haber nacido en Suiza, paraíso de Europa. Entre trago y trago de té ves el agua cortada por esquiadores náuticos, por lanchas motoras, por barquitos de vela, por vapores blancos con la chimenea negra y amarilla que hacen la travesía del lago. El restaurante está rodeado de jardines, de cedros y de tilos centenarios, de una locura de flores, de tendidos de hierba sin una brizna que no tenga un verde de esmeralda. Una tarde, a la puesta del sol, una señora ya mayor bajó de un Rolls, se acercó al muro a ras del lago y se quedó tan inmóvil que no parecía de verdad. Llevaba joyas, cosa rara en una ginebresa: un brazalete amplísimo de brillantes y de zafiros. Al cabo de un rato se fue. ¿Qué debía pensar contemplando las barcas, el agua con sol y cielo desmenuzados encima, el vapor que pasaba haciendo sonar la sirena con alegría? ¿Pensaba en ella? ¿Reveía su juventud? ¿Veía algo o no veía nada, tan profundamente perdida en sus recuerdos? Más tarde, cuando, sin esforzarme por pensar, volví a pensar, no sabía si tenía los cabellos rubios o negros, no lo sé. Recordaba sus ojos, que, un momento, toparon con los míos; unos ojos de color indefinido en donde se había ido acumulando mucha vida. Una imagen de refinamiento, un poco fuera del mundo, un poco diferente de todo. Al crear a Teresa Goday de Valldaura, le di los ojos de la dama del Leman.”

El año que viene, conmemorando el centenario de su nacimiento, se celebrará el año Mercè Rodoreda, y yo es que me pongo sentimental sólo de pensarlo, porque aunque a mí este tipo de aniversarios suelen abochornarme más que otra cosa, éste en concreto representa para mí una ocasión especial para adentrarme aún más en sus obras.


Referencias (URL para referencias)

Comentarios


No puedo estar más de acuerdo. Es la mejor escritora en lengua catalana.


Comentario de Anna el el 10/20 a las 21:22

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