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Archivado en Personal • Fecha: 24-09-2008 12:31:53

qué tristeza cansarse de todo http://vacuidad.wordpress.com/


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No sé si es una droga blanda

Archivado en Audiovisual • Fecha: 29-08-2008 09:22:15

Los que han estado enganchados a drogas consideradas, sin que se dude un momento de ello, como duras dicen que lo peor es haber perdido tanto tiempo de sus vidas. Años dedicados sólo a ellas que se convierten en un lapso muy prolongado de vacío en la memoria. Si perder el tiempo es una consecuencia importante de la adicción, entonces la televisión de mi comedor es una droga dura. Lo bueno es que no estoy muy enganchada. Paso mucho tiempo en la calle, en mi habitación, en la ducha y, por desgracia, en el trabajo. Y la paradoja es que todas estos lugares y sobre todo el último me salvan y me alejan de ella. Porque cuando llego a casa y entro en la sala de estar lo primero que hago no es otra cosa que encender el interruptor que es ese botoncito redondo y muy pequeño del mando a distancia, que es como un detonador, que pone en marcha la bomba de la pérdida del tiempo. Como estar sola con mi cabeza es doloroso (supongo que a todos los humanos de mi civilización les pasa algo similar) me he acostumbrado a ella, a su ruido y a su alarmismo, a los programas que supuran pus todas las tardes, a esta irradiación de energía autodestructiva. Ya no aguanto estar en mi cabeza y por eso cuando no estoy trabajando echo de menos tenerla ocupada en algo, en lo que sea. Por eso tomo tantas coca-colas y me siento en tantas terrazas, por eso ando tanto y voy de un lado a otro sin quedarme quieta en ninguno, porque si permanezco en alguno mucho rato puedes dar por sentado que es para ver la tele con más atención. Pero no, por suerte no estoy enganchada, y sin embargo quiero destrozarla para ganarle una hora y media más al día. Así que la próxima vez que me preguntes dónde está ese tiempo que necesitas para hacer aquello que quieres hacer y del que aseguras no disponer, ya sabes, cabecita mía tan tonta y tan de dejar lo que puedas hacer hoy para mañana, está en ese rectángulo de donde provienen todos los poltergeists del mundo.

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Trabajo

Archivado en Fobias • Fecha: 19-08-2008 11:40:25

Odio la pantalla del ordenador. Aunque supongo que odiaría cualquier otra cosa. Cualquier cosa que me recordara a un trabajo, a una obligación. Podría odiar una fregona, las piezas de un montaje en cadena, un teléfono, una escuadra y un cartabón, una montaña de perchas… y todo sería más o menos lo mismo, no me haría más feliz ni más desgraciada. No levitaría un palmo más de esta superficie de moqueta si me duplicaran el sueldo, si me nombraran manager, si en el parking dejara un coche de gama alta nuevecito, si hubiese gente a la que se me permitiera humillar. Seguiría siendo yo, una chica con brazos de anoréxica; seguiría vagabundeando por el mundo preguntándome qué hacer con mi vida para volverla unos graditos más interesante que la de la chica de la puerta de al lado, cómo competir con aquella tía buena que he conocido hoy y que acaba de salir de una operación de aumento de pecho. Pobre distímica asqueante, no obtendrás ni un poquito de felicidad con estas cosas, pretendiendo ser alguien, tragándote como una tonta que hay una finalidad en todo esto, en que debes hacer las cosas dependiendo de la edad que tengas. Más te vale apartarlo a una esquina y tan sólo pretender que el día de hoy sea un día divertido. Tal vez si coges la rutina acabes por buscar  por inercia esto mismo en todos los posteriores.

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Cine mudo: Wall-e

Archivado en Audiovisual • Fecha: 11-08-2008 10:18:48

Wall-e es un robot de mirada melancólica cuyo fin es convertir los desperdicios que cubren la Tierra del 2800 en cubos para que así sean más fácilmente almacenados. Durante el día ése es su trabajo, y cuando llega a su cubículo por la noche clasifica los pequeños hallazgos que ha hecho entre la basura para conservarlos como si fuesen tesoros y visiona una vieja cinta de VHS de Hello Dolly que le hace soñar con el amor y la compañía.

Wall-e es como Buster Keaton o Charles Chaplin, y la película te hace pensar en el transcurso de sus cincuenta minutos iniciales que el cine mudo tendría que haber durado muchos más años de los que lo hizo, que hoy en día no sólo nosotros hablamos demasiado, sino que las películas también lo hacen, temen al silencio y no se dan cuenta de hasta qué punto puede ser maravilloso éste. Entre otras cosas porque consigue que un pequeño robot exclusivamente con sus gestos diga más sobre la soledad y la necesidad de cariño que mil diálogos vacuos, y que se me ponga la piel de gallina y me venga una sonrisa a la boca y tenga ganas de soltar algunas lágrimas. Así de emocionante es Wall-e. Y yo no soy una persona a la que sea fácil hacerle entrar en este estado casi de shock.

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La mística del bolso

Archivado en Fobias • Fecha: 19-07-2008 11:31:42

Veamos. Hoy me apetece hablar de bolsos. Puedo conceder que no sea un tema interesante para algunos, y más si no pienso en deleitarme con el, en algunos casos, atractivo exterior, sino desplegando una diatriba sobre las características inherentes, latentes. En fin, que me quiero poner filosófica.

Los bolsos. Los hay bonitos y feos (la mayoría suelen parecerme de este segundo tipo), útiles o inútiles. Incluso lo hay que consiguen sacarte de quicio porque se esfuerzan en engullir todo lo que metes en ellos de tal manera que es casi imposible hacérselo vomitar después (este tipo es el bolso agujero negro). Pero todos, por increíble que pueda parecer, comparten una misma característica: generan un sinfín de necesidades femeninas. Algunos hombres, por envidia (se ha hablado largo y tendido de la envidia de pene freudiana, pero yo veo más común este otro trastorno que se produce en los varones) han decidido hacerse con uno de esos horrorosos bolsos para machos que pretender ser disimulados bajo el ridículo nombre de “bandolera”. Siempre me pregunto de qué término latín (o griego) debe proceder. Hum, un tema interesante, pero no sigamos por el lado de lo lingüístico. Yo lo que quiero decir, ni más ni menos, es que el bolso como objeto creó una necesidad; el continente se convirtió en algo más importante que el contenido. Y muchas mujeres, la mayoría de hecho, nos esforzamos por alimentar a nuestro animal glotón a base de cosas innecesarias desde el momento que le sacan del estómago el papel de periódico que hasta entonces lo llenaba. Y nosotras, venga a llenar ese espacio. Llenarlo hasta reventar, como si en lugar de un objeto glotón fuera nuestro bebé glotón, y todo el mundo sabe que las madres siempre quieren que sus niños estén excesivamente bien alimentados.

¿Somos las mujeres víctimas de unas sociedad que nos obliga a llevar un trozo de tela con cremallera y asas a todas partes? ¿No es si lo pensamos bien un tanto ridículo que la silueta femenina se vea acompañada a casi todas partes por este complemento (imaginaos tan sólo un momento posando para una foto con uno y pretender resultar sugerente)? Porque el bolso es un complemento tenido en gran estima pero, ¿hasta qué punto no debería más bien ser denostado por su naturaleza despótica? ¿En qué clase de mundo vivimos que nos obliga a cargarnos al hombro todo este montón de trastos, que nos hace movernos siempre con nuestra casa al hombro, que nos hace temer continuamente que allá dónde vayamos no encontraremos todo lo necesario para sobrevivir y que más vale que lo transportemos encima?

Una esclavitud impuesta hace mucho por alguna sórdida mente masculina. Un tirano.  Algo Infinitamente más vil y pero que mucho más maquiavélico que un burka. Eso es nuestro bolso. Así que yo digo; quememos nuestro bolso como gesto de liberación sexual, así como las mujeres de otra generación quemaron sus sujetadores. Sed libres, hermanas, os lo merecéis, lleváis demasiado tiempo oprimidas (y cargadas).

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Persona

Archivado en Personal • Fecha: 09-07-2008 13:18:16

A veces, no sé qué me pasa, no comprendo que pueda habitar dentro de mi cuerpo. Por decirlo simple y llano, se me hace raro que ser yo consista en esto. En necesitar de un objeto físico en el que quepa, y que éste se vea poseído por todo lo demás que también soy yo; mi alma, mi espíritu, mi esencia, como se quiera llamar; todas esas chorradas que sirven para definir a un ser humano más allá de su envoltorio material.

Quizás para trascender ese envoltorio, para sentir que sale y se libera un poco de él, la gente habla tanto. Para no sentirse tan esclava y oprimida por la simple anatomía. O tal vez lo mejor sea todo lo contrario; dejar de hablar, permanecer mudo y así parar de mentirse. Callar para no tener que decir cosas que en realidad no se sienten.

Me miro al espejo y no me lo creo, ésta soy yo, yo, y ser yo a ratos es algo tan raro… me siento un extraño dentro de este cuerpo; no tuve ninguna capacidad de elegir sobre él, simplemente se desarrolló como quiso. Y sigue haciéndolo. Ahora seguramente empiece en breve un proceso de envejecimiento. Me estoy oxidando al tiempo que respiro, cada vez que inhalo. Y por dentro me pregunto si sigo siendo la misma, si mi cerebro es completamente igual, con sus ideas, fantasías y emociones, a como lo era, por ejemplo, ayer ¿Si cambiara mi cuerpo cambiaría mi alma, y al revés?Ésta es mi voz. Me cuesta creer que sea ésta. Que tenga una y que sea ésta. Sí, ésta, ésta. Ninguna otra. Mi voz también es algo que me cuesta reconocer como mío, me parece absurdo que salga de un proceso de esfuerzo de mi cuerpo y que ésta también sea yo. Hasta mi forma de moverme es una desconocida para mí, una compañera insospechada.

Los demás tienen más conciencia de cómo soy que la que logro tener yo. Ellos pueden mirarme a la cara, y hasta a los pies si quieren y hacerlo desde una perspectiva que para mí es imposible. Puedo mirar mis manos mientras tecleo esto, y sentir que están al revés, mientras que los otros las verán del derecho. Necesitaría abandonar el cuerpo, empecinarme en conseguir un viaje astral y, así, por primera y tal vez única vez en toda mi vida, poderme mirar a la cara. Qué suerte que tienen los muertos de poder escapar de su cuerpo, quizás incluso de poderlo contemplar durante un instante, de tener una verdadera perspectiva de quiénes fueron ellos. Tal vez si lograse verme a mí de esa manera en lugar de tener que recurrir siempre al subterfugio de un espejo, a la auto-visión diferida, sería capaz de comprenderme y ese descubrimiento me guiaría a través de toda mi existencia.Para intentar sentirme más yo, para dominar un poco este cuerpo que me tocó porque sí, lo visto como pienso que es la mejor manera de reflejar mi alma. Por eso no me gustan los uniformes, porque no dejan ver ni una pizca de lo que es nadie.

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El ladrón de chicles

Archivado en Literatura • Fecha: 30-06-2008 08:11:50

Me gusta Douglas Coupland. Lo reconozco; no creo que haya nada de malo en leer de tanto en cuando (he estado repasando lo escrito en esta página y me doy cuenta de hasta qué punto le puedo sonar anticuada a alguien que no me conozca) a un escritor dl grupo que yo llamaría el de los modernillos. Si hubiera que clasificar a nuestro viejo amigo Coupland, Chuck Palahniuk y Bret Easton Ellis, por poner sólo los ejemplos que me vienen más rápido a la memoria, en algún tipo de generación yo inventaría sin dudarlo, como hubo quien alguna vez inventó la generación del 27 o la generación beatnik, la generación de los modernillos. Aunque seguro que la categoría que los engloba ya ha nacido y ha sido bautizada con un nombre original y ocurrente, con un vocablo ingenioso y, por tanto, más adecuado a las circunstancias de esta gente. Porque si de algo no cabe duda es de que vivimos en una sociedad en la que nos encanta clasificarlo todo; tal vez no nos sirva mucho para llegar a comprender, pero desde luego es un primer intento y una muestra de interés. Así, durante el ejercicio de ese trastorno obsesivo compulsivo clasificador nacieron la literatura femenina, las películas de culto, la música indie, los alimentos sanos e incluso la generación X, denominación por la cual no sé si se le debía pagar o no copyright a Coupland. Y todos nos hicimos vegetarianos, mods, budistas o ultraconservadores, por la sencilla razón de que llevar sólo las etiquetas de hombre o mujer, joven o viejo, es algo muy manido y por tanto terriblemente anodino. Es como si las cosas no hubiesen existido o no hubiesen tenido sentido hasta que se les puso un nombre. De alguna manera la realidad no nació hasta que no nació el lenguaje, y de esto ya se ocuapaba hace mucho tiempo gente como Witgeinstein u otro que no recuerdo… 

Pero vuelvo a Coupland, claro. Fue él, nuestro querido autor, quien escribió un libro titulado Generación X que sirvió para fingir que podíamos definir a un montón de gente en los añorados noventa (no, los noventa no fueron un invento de Reality Bytes, sucedieron de verdad). Al igual que, se me ocurre, Nabokov escribió una novela con la que su mayor logro (aparte del de escandalizar a todo dios y convertirse en obra de referencia para cualquier aspirante a escritor, por supuesto) fue que cierto prototipo de jovencita con ínfulas de criatura lasciva fuera a parar dentro de un grupo de clasificación denominado lolita. La literatura y los autores siempre han tenido ese poder para crear combinaciones de palabras con las que nombrar y a ratos incluso clasificar las cosas, por algo dominan y domestican las letras. Y ahora más que en sinónimos como dantesco, kafkiano o sádico estoy pensando en que si George Orwell no hubiera acuñado las palabras Gran Hermano, el título de estos reality shows hubiese sido mucho más sosainas y por supuesto mucho menos evocador.

Si los ochenta fueron gloriosos, los noventa, aunque a ratos algo pesados, también. Y Douglas Coupland escribió un libro que poco debía tener que ver con la gente que pobló aquella generación, más que nada porque por aquel entonces la mayoría de seres humanos ya eran tan aburridos y faltos de interés como ahora. Sin embargo, los personajes de su novela, molaban. Yo quería tener amigos como ellos. Para que os hagáis una idea, uno de los chicos protagonistas quemaba el coche de su jefe a causa de una gamberrada y luego se encontraba a éste, que era un tipo simpático, en una fiesta y hacía como si nada; y la única chica del relato esparcía por error material radioactivo por la sala de estar de uno de los chicos. Y por supuesto, como en cualquier buena novela de Coupland que se precie de serlo, todos estaban obsesionados con el apocalipsis. Sí, eran muy guays. En serio que hay que tener un gran talento y mucho ingenio para escribir diálogos que consigan que desees ser amigo de unos personajes de ficción.

Por alguna razón, seguramente porque lo que me explican no mola tanto, leyendo El ladrón de chicles no me entran ganas de intimar con Brittany o Roger. Sí que me interesaría, en cambio, ser vecina de la pareja mayor que protagoniza el libro que escribe Roger en sus ratos libres en su trabajo en los grandes almacenes de material de oficina Staples.

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El instante

Archivado en Literatura • Fecha: 28-06-2008 15:55:34

Debo decir que mi fracaso o, como mínimo, mi ausencia de éxito –al menos en el sentido que mis padres podrían entenderlo- empezó a intuirse el día en que me vi inmersa en el primer curso del por aquel entonces nuevo plan de enseñanza, o sea, ESO; ésa fue la circunstancia que me abrió los ojos definitivamente y me hizo ver demasiado a las claras que la mayoría de mis compañeros de generación eran casi completamente idiotas, y que, como ser social que era y en parte sigo siendo, poca motivación podía llegar a encontrar en una estructura plagada de gente así. Yo odiaba a todo el mundo ahí, a quienes llenaban el aula, más de lo que había odiado nunca a aquellos con quienes me había encontrado con anterioridad. Y para seguir en mi estado de estupor me vi abocada a una serie de asignaturas inútiles y anárquicas llamadas créditos que creo que ibas escogiendo sobre la marcha, que resultaban una absurda pérdida de tiempo y, sobre todo, una nueva inmersión en el infierno del instituto, entre las que la que me parecía más aceptable a priori era la asignatura de francés. En ésta nuestra profesora era una mujer mayorcita, exazafata belga para más señas, que nos informó con todo lujo de detalles sobre las ventajas e inconvenientes del trabajo en las alturas y llevó a varias chicas a pretender escogerlo como oficio soñado; además nos explicó varias y sosas anécdotas de su vida. No recuerdo haber aprendido demasiado del idioma de las Galias más allá de los números y la frase tú me haces vomitar, y de hecho no me atrevo a escribirla aquí en versión original porque me temo que lo haría de forma incorrecta. Sin embargo, esa mujer sí que descubrió, contra todo pronóstico, algo a mis oídos abiertos ya por entonces a la aleatoriedad de cualquier recomendación literaria que se pudiera dar como sin querer, así que yo cacé al vuelo el nombre de Marguerite Duras en cuanto lo extendió; y luego ella se dispuso a regalarnos un relato acerca de los méritos sin parangón de dicha autora. Y desde entonces, nunca me he arrepentido de haber estado atenta en la clase de francés.

Esto fue con  lo que me topé más tarde cuando me puse a leer: Marguerite Duras capta como nadie un instante en la vida, en la vida de una persona que podrías ser tú. Sí, tú podrías haber vivido esa cosa y esa misma cosa haber sido vivida por otro, y esa unión, esa capacidad de mirar a alguien y saber que quizás se encuentra en la misma circunstancia que tú, que podría estar ligado a un instante similar al tuyo lo hace tan cercano como extraño. Las palabras no son pronunciadas y el tiempo se detiene, y sólo queda ese instante que podrías recordar eternamente, ese instante por el que serías capaz de tolerar vivir toda una vida. Y aunque estés viejo y arrugado recuerdas ese instante único en el que te encontraste inmerso, eras el protagonista y tenías la piel tersa y suave. El instante, ése nombre en francés es el más adecuado que he oído nunca para un perfume. Porque una fragancia podría ser justamente esto, la evocación de un momento de gloria, de una intermitencia del corazón.

En El amante, su novela más famosa y por la que recibió el premio Gouncort, uno de los más importantes de las letras francesas, en el año 1984, se nos cuenta una historia hasta cierto punto autobiográfica, la relación que una chica francesa muy joven que vive en las colonias mantiene con un rico y enfermizo heredero asiático, la casi prostitución que ésta supone y la existencia miserable en un rincón del mundo donde todo el año el calor es asfixiante y el chino es como un idioma gritado en el desierto. Duras lo hace con un estilo simple y seco, en presente y en primera persona, con frases repetitivas que consiguen recrear la fuerza de ese momento único que uno ha de recordar siempre, que algún día, en una tarde cualquiera, sentado en una butaca revisionando tu vida te acudirá de nuevo a la mente. Vale la pena invertir una cuantas horas, no hace falta que sean muchas, de un día de, por ejemplo, este verano en este librito. Se lee rápido y se lee bien. Y lo mejor, lo que queda de él al juntar la tapa posterior con el resto de hojas del ejemplar es mucho, tan intenso y crudamente evocador como el instante.

Aparte del interés de Marguerite Duras por la literatura hay que destacar sus inmersiones en el mundo del cine, como guionista e incluso como realizadora. Pero de estas facetas ya da buena cuenta la Wikipedia , que para eso es menos vaga.

Hará un par de años visité la tumba de Charles Baudelaire en el cementerio Montparnasse y fue una sorpresa para mí descubrir que ahí, muy cerca del gran poeta, había ido a que la roieran los gusanos la gran escritora. El ver a ambos tan de cerca me llevó a entrar en éxtasis. Por supuesto.

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Único

Archivado en Audiovisual • Fecha: 25-06-2008 11:11:15

Un día, supongo que un sábado o un domingo cualquiera, entré en el comedor amplio y luminoso del piso de mis padres, encendí la vieja tele que no tenían ninguna intención de cambiar por una más nueva con mando a distancia y mucho menos de completar con un vídeo, tal y como habían hecho ya los padres de todas mis amigas, me senté en el sofá azul eléctrico que estaba ahí desde que se casaron (aunque quizás estos objetos no eran aún viejos entonces pese a que es lo que pretendo sugerir, sino que lo serían sólo cuando entraran a formar parte de mis recuerdos posteriores) y me dispuse a pasar un rato convenientemente largo frente a la pantalla. Lo que mis ojos vieron aquella tarde destinada a dejar de ser monótona fue un pequeño unicornio dibujado de tal manera que casi se asemejaba más a un perrito, y un montón de dioses malvados que, envidiosos de la capacidad innata del diminuto animal para hacer felices a quienes le rodeaban, ordenaban al viento que lo abandonara en una isla desierta. Como yo aquel día era una niña pequeña tenía, al igual que el unicornio, un don, el de ver y comprender las cosas de una manera que en los días de mi edad adulta ya no soy capaz de hacer. 

El pasado mes de febrero salió a la venta en DVD por primera vez en España la película Único, el pequeño unicornio (The fantastic adventure of Unico, Japón 1981) de Osamu Tezuka, aunque yo he tardado algunos meses en adquirirla –pero qué son unos meses después de tantos años- , y tras visionarla por segunda vez después de un lapso de tiempo tan largo comprendí que de pequeña yo ya tenía muy buen gusto.

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Casi humanos

Archivado en Audiovisual • Fecha: 26-03-2008 13:58:38

Inland Empire

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Desde mi cielo

Archivado en Literatura • Fecha: 24-03-2008 11:43:32

Una niña, Susie Salmon, es violada y asesinada. Eso sucede en este libro. En la vida real también ocurre frecuentemente, y a nosotros nos encanta contabilizar este tipo de noticias mientras permanecemos sentados en el sofá y movemos la cabeza para un lado y para el otro; un gesto de rechazo y de condena. Porque las desapariciones de niñas mueven las audiencias y las cabezas de las personas que forman éstas para un lado y después para el otro unas cuantas veces. Pero en fin, quería hablar de este libro, que tiene un tema truculento y que es sólo ficción y que con un punto de partida así era obvio que sólo podía ser un bestseller. Alice Sebold fue una tía muy lista cuando decidió que qué mejor manera de triunfar y vender un gran número de ejemplares que pergeñando una historia sórdida. Y Desde mi cielo es sórdida en lo tocante al tema tratado, y dulce y triste en todo lo demás.

Susie ve desde su cielo las cosas que ha dejado en la Tierra y que ya no podrá vivir como adolescente o como adulta, pero sobre todo contempla el tremendo drama que vive su familia. Durante la lectura de las páginas en que su padre rompe su propia colección de barcos en miniatura desesperado por el dolor, me puse a llorar como una tonta. La verdad es que la novela me atrapó muy pronto; me dejan anonadada ese tipo de autores que son capaces de enumerar tal cantidad de detalles, dándole así cuerpo y calidez al relato y a los personajes de una manera que yo me vería totalmente incapaz de hacer. Son estos detalles pequeñitos como grabados los que logran que la historia sea firme y te la creas, y que cuando te digan que el señor Salmon está muerto de pena y que por eso destroza esas reproducciones que tanto quiere, los ojos se te llenen de unas lágrimas que tal vez hacía mucho tiempo que no te brotaban con una novela.

Así que en este mismo momento voy a poner Desde mi cielo en la lista de novelas estupendas y, mira tú por donde, va a lograr un segundo, merecido e inesperado, puesto en mi lista de novelas actuales favoritas. Irá justamente detrás de Las vírgenes suicidas, con la que, para mi gusto, tiene más de un punto en común. Quizás uno de ellos sea la idea de la evocación de lo que, por una razón u otra, se intuye lejano, y de la muerte en circunstancias traumáticas. Pero, sobre todo, el gusto por introducir en cada página montañas de detalles. Como decía Nabokov, “acariciad los benditos detalles”.

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Una voz que oí

Archivado en Personal • Fecha: 05-03-2008 18:57:26

Soy una chica cuyo peor sentido es el de la vista. A veces pudiera parecer sorda, pero se trata más bien de un intento patético de no escuchar según qué cosas. No es que no me gusten las imágenes bonitas; como algunas personas sé apreciar la belleza, pero es evidente que existe mucha más que la visual. Una de las cosas que más me gusta es una voz con una profundidad y una aspereza determinadas. Puedo oír una voz así y, si además adquiere tintes susurrantes, caigo de rodillas. Porque una voz es de las cosas que me fascinan y me atraen sensorialmente.

Con el gesto de una mano se puede acariciar el aire, rasgarlo, desprecintarlo. Se le puede dar una bofetada. Las sonrisas también tienen ese poder, te abofetean y te acarician, pero siempre hacen aparecer un hilillo colgante de conexión, como un diálogo. Un perfume te envuelve, es como una bocanada de aire que se aleja a toda velocidad y a la que apenas tienes tiempo de decir adiós, mucho menos de aceptarla. Ya no puedes añorarlo y ya está lejos. Y lo peor es que su recuerdo es como el del estribillo de una canción que te consta que te gusta pero que no consigues recordar. Buscas sustituto en un remedo de estribillo que no es el que quieres, pero que quizás podría serlo si no desafinaras tanto. Te dices que es por eso que no lo consigues recrear, le echas la culpa a tu propia ausencia de pericia. No obstante, ya es imposible que recuerdes esas notas concretas, y eso te martiriza.

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Vestido

Archivado en Personal • Fecha: 02-11-2007 12:22:40

De pequeña vestía fatal. Poco me preocupaba por lo que llevaba puesto, y a veces llegaba a hacer combinaciones que la vergüenza me impide explicar. En la adolescencia la cosa cambió mucho, aunque imagino que siempre es en esta época en la vida de cualquiera cuando más se agudiza la obsesión por la imagen propia. Necesitaba afirmarme y empecé a vestirme como mejor sabía. Gastaba el poco dinero que tenía en ropa y pasaba horas y días obsesionándome con aquello que me faltaba para alcanzar el aspecto perfecto. Era adicta a ello y nunca tenía bastante. Vivía en ese estado absoluto de ansiedad en que mi máxima preocupación era adquirir el objeto de mis sueños. Y cuando lo conseguía era feliz un rato para en seguida volver a necesitar alguna cosa más. Llegué a ser la persona con más estilo de todo el instituto, cosa fácil por otra parte, aunque a un alto precio dado el tiempo que invertía y la poca felicidad que a cambio obtenía. El resultado podía advertirlo en la forma en que me miraban algunos, en las notas recibidas de chicos que no se atrevían a pedirme salir directamente. Digamos que tenía éxito, todo funcionaba, habían caído en la trampa. Y yo me sentía igual de vacía que de costumbre, porque no dejé de ser una adolescente que muy en el fondo estaba sola y no conocía la verdadera forma de ser comprendida por los demás. Sólo dejaba de sentirme así cuando, momentáneamente, obtenía el reconocimiento que suponía que alguien me comentara lo bien que vestía.

Y casi como una ensoñación, de esa manera, recuerdo momentos como aquella ocasión en que durante una clase en la facultad una chica me tocó la espalda y cuando me giré hacia ella me espetó: “quería decirte que vistes mejor que nadie y que siempre me fijo”. Había olvidado completamente este episodio, puesto que fue archivado hace ya mucho, hasta que ayer mi madre me relató el siguiente: una chica que más tarde aseguró no conocerme de nada le dijo que consideraba que yo tenía mucha personalidad porque vestía mejor que nadie en ese pueblo, el de mis padres, por el que yo me paseo muy de vez en cuando, y que no podía evitar fijarse en mí cuando me veía pasar cerca de su casa. Siempre me ha parecido interesante esta gente y encima la mar de jovial, porque yo moriría ruborizada al intentar soltar a alguien tan aduladora confesión. Y por eso es la que más admiro.

Hoy en día, por lo general, estoy encantada con mis gustos en cuanto a moda y con todo lo que me pongo. Siempre hay gente a la que aprecio que destaca que tal o cual cosa que llevo es bonita, pero ya no necesito que lo hagan. Lo sé y no preciso como antes pasarme cada dos por tres un día de compras buscando algo específico que seguramente sólo exista en mi imaginación. De hecho, apenas salgo ya de compras. Mi estilo es algo tan asentado a estas alturas que casi no necesita variaciones, así que me siento tan segura de él que ya no envidio nada de las chicas bien vestidas que pueda encontrar en el metro, que, como siempre, tampoco son tantas.

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En el fin de la noche

Archivado en Literatura • Fecha: 31-10-2007 11:22:49

Céline Uno de mis escritores favoritos es Louis-Ferdinand Céline. En realidad, cuando digo esto me baso en la opinión que me merece el único libro suyo que he leído y que, al parecer, es unánimemente considerado el mejor. Se trata de “Viaje al fin de la noche”, deprimente relato de las idas y venidas del alter ego de nuestro novelista; Bardamú, que así se apellida el trasunto, pasará por la guerra, por la colonización africana, por el sueño americano, para acabar en un modesto papel de médico a las afueras de París con la sensación de haber fracasado siempre, de no haber llegado nunca a comprender su vital necesidad de huir. Huir, ésa es la clave. Cuando Céline la pone sobre el tapete -y lo hace además desde una perspectiva solemnemente depresiva y desengañada respecto al resto de humanidad que lo rodea- a mí no me queda más remedio que permitir que se me erice el vello de las extremidades de la emoción.

Añado estas esclarecedoras líneas a modo de ejemplo: “a fuerza de verte echado a la calle en todas partes, seguro que acabarás descubriendo lo que da tanto miedo a todos, a todos esos cabrones, y que debe encontrarse al fin de la noche. ¡Por eso no van ellos hasta el fin de la noche!”.

Simplemente lo venero con todas mis fuerzas y poco me importan sus filias nazis, porque estoy convencida de que en realidad no se sentía cercano a esto, sino que lo que ocurrió fue que llegó a estar tan decepcionado con el mundo entero que no pudo evitar ciertas actitudes deplorables y cínicas dirigidas al común del género humano. Yo creo que en el fondo era más un anarquista que un fascista, un anarquista taciturno al que no le iban precisamente las afirmaciones políticamente correctas.

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En la carretera

Archivado en Fobias • Fecha: 30-10-2007 11:14:57

No importa lo bien que conduzcas, siempre has de estar pendiente de esa cantidad de pirados que pueblan las carreteras y que hacen cosas tan extrañas como adelantarte en línea continua en una vía secundaria con su familia a bordo para sacarle a su trayecto una ventaja de apenas treinta metros. Como en el coche estamos todos callados digo que toda esa gente vive como conduce, esperando llegar siempre a otro lado y, cuando está en otro lado, esperando llegar a otro lado. Este tipo de personas es el que se traga programas como Gente o España directo, o que sólo podría vivir en ellos, en la sección de sucesos. Y como su vida es una mierda quiere ver programación que también lo sea, y como la programación es una mierda, se convence aún más de que vive en un mundo de mierda y exige más de ésta en ese tótem de su hogar que es la tele, y así continúa por siempre en un bucle infinito de feedback televisivo. Yo, en estos casos, prefiero dejar el aparato apagado y estirarme en el sofá cómodamente. De hecho, éstas son noticias o pedazos de un lugar que no necesito conocer, y en mi ignorancia soy bastante más feliz que esa gente tan informada. Poco me puede ayudar saber a quién han atropellado hoy o a quién robaron con violencia en su propia casa anoche. En la mía no dejo que entre este material tóxico, tengo suficiente con darle al botón de apagado del mando a distancia para cerrar el vórtice.

Como estamos escuchando la banda sonora de Death Proof aún tengo más miedo, porque soy consciente que el loco de la película no sería algo demasiado improbable en un mundo de adictos a los programas de sucesos. Digo que mucha gente piensa que existe en un videojuego, vista la manera en que conduce. Seguramente todavía cree que le queda unas cuantas vidas que agotar. A. dice que qué bonita era la montaña y que, incluso, que qué bien sentaba oler estiércol en lugar de dejar entrar por las fosas nasales este aire saturado de la contaminación de las fábricas y que, visto desde aquí, esto no es más que un horroroso escalextric y que la civilización no tiene mucha gracia.

En fin, que como la vida es ridícula y en la carretera una ve eso con demasiada claridad, en circunstancias como éstas, y sobre todo en los atascos, yo siempre recuerdo la escena de la absurda caravana de Weekend.




Escrito por distimia
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