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Desde mi cielo

Archivado en Libros • Fecha: 24-03-2008 11:43:32

Una niña, Susie Salmon, es violada y asesinada. Eso sucede en este libro. En la vida real también ocurre frecuentemente, y a nosotros nos encanta contabilizar este tipo de noticias mientras permanecemos sentados en el sofá y movemos la cabeza para un lado y para el otro; un gesto de rechazo y de condena. Porque las desapariciones de niñas mueven las audiencias y las cabezas de las personas que forman éstas para un lado y después para el otro unas cuantas veces. Pero en fin, quería hablar de este libro, que tiene un tema truculento y que es sólo ficción y que con un punto de partida así era obvio que sólo podía ser un bestseller. Alice Sebold fue una tía muy lista cuando decidió que qué mejor manera de triunfar y vender un gran número de ejemplares que pergeñando una historia sórdida. Y Desde mi cielo es sórdida en lo tocante al tema tratado, y dulce y triste en todo lo demás.

Susie ve desde su cielo las cosas que ha dejado en la Tierra y que ya no podrá vivir como adolescente o como adulta, pero sobre todo contempla el tremendo drama que vive su familia. Durante la lectura de las páginas en que su padre rompe su propia colección de barcos en miniatura desesperado por el dolor, me puse a llorar como una tonta. La verdad es que la novela me atrapó muy pronto; me dejan anonadada ese tipo de autores que son capaces de enumerar tal cantidad de detalles, dándole así cuerpo y calidez al relato y a los personajes de una manera que yo me vería totalmente incapaz de hacer. Son estos detalles pequeñitos como grabados los que logran que la historia sea firme y te la creas, y que cuando te digan que el señor Salmon está muerto de pena y que por eso destroza esas reproducciones que tanto quiere, los ojos se te llenen de unas lágrimas que tal vez hacía mucho tiempo que no te brotaban con una novela.

Así que en este mismo momento voy a poner Desde mi cielo en la lista de novelas estupendas y, mira tú por donde, va a lograr un segundo, merecido e inesperado, puesto en mi lista de novelas actuales favoritas. Irá justamente detrás de Las vírgenes suicidas, con la que, para mi gusto, tiene más de un punto en común. Quizás uno de ellos sea la idea de la evocación de lo que, por una razón u otra, se intuye lejano, y de la muerte en circunstancias traumáticas. Pero, sobre todo, el gusto por introducir en cada página montañas de detalles. Como decía Nabokov, “acariciad los benditos detalles”.

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Una voz que oí

Archivado en Personal • Fecha: 05-03-2008 18:57:26

Soy una chica cuyo peor sentido es el de la vista. A veces pudiera parecer sorda, pero se trata más bien de un intento patético de no escuchar según qué cosas. No es que no me gusten las imágenes bonitas; como algunas personas sé apreciar la belleza, pero es evidente que existe mucha más que la visual. Una de las cosas que más me gusta es una voz con una profundidad y una aspereza determinadas. Puedo oír una voz así y, si además adquiere tintes susurrantes, caigo de rodillas. Porque una voz es de las cosas que me fascinan y me atraen sensorialmente.

Con el gesto de una mano se puede acariciar el aire, rasgarlo, desprecintarlo. Se le puede dar una bofetada. Las sonrisas también tienen ese poder, te abofetean y te acarician, pero siempre hacen aparecer un hilillo colgante de conexión, como un diálogo. Un perfume te envuelve, es como una bocanada de aire que se aleja a toda velocidad y a la que apenas tienes tiempo de decir adiós, mucho menos de aceptarla. Ya no puedes añorarlo y ya está lejos. Y lo peor es que su recuerdo es como el del estribillo de una canción que te consta que te gusta pero que no consigues recordar. Buscas sustituto en un remedo de estribillo que no es el que quieres, pero que quizás podría serlo si no desafinaras tanto. Te dices que es por eso que no lo consigues recrear, le echas la culpa a tu propia ausencia de pericia. No obstante, ya es imposible que recuerdes esas notas concretas, y eso te martiriza.

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Vestido

Archivado en Personal • Fecha: 02-11-2007 12:22:40

De pequeña vestía fatal. Poco me preocupaba por lo que llevaba puesto, y a veces llegaba a hacer combinaciones que la vergüenza me impide explicar. En la adolescencia la cosa cambió mucho, aunque imagino que siempre es en esta época en la vida de cualquiera cuando más se agudiza la obsesión por la imagen propia. Necesitaba afirmarme y empecé a vestirme como mejor sabía. Gastaba el poco dinero que tenía en ropa y pasaba horas y días obsesionándome con aquello que me faltaba para alcanzar el aspecto perfecto. Era adicta a ello y nunca tenía bastante. Vivía en ese estado absoluto de ansiedad en que mi máxima preocupación era adquirir el objeto de mis sueños. Y cuando lo conseguía era feliz un rato para en seguida volver a necesitar alguna cosa más. Llegué a ser la persona con más estilo de todo el instituto, cosa fácil por otra parte, aunque a un alto precio dado el tiempo que invertía y la poca felicidad que a cambio obtenía. El resultado podía advertirlo en la forma en que me miraban algunos, en las notas recibidas de chicos que no se atrevían a pedirme salir directamente. Digamos que tenía éxito, todo funcionaba, habían caído en la trampa. Y yo me sentía igual de vacía que de costumbre, porque no dejé de ser una adolescente que muy en el fondo estaba sola y no conocía la verdadera forma de ser comprendida por los demás. Sólo dejaba de sentirme así cuando, momentáneamente, obtenía el reconocimiento que suponía que alguien me comentara lo bien que vestía.

Y casi como una ensoñación, de esa manera, recuerdo momentos como aquella ocasión en que durante una clase en la facultad una chica me tocó la espalda y cuando me giré hacia ella me espetó: “quería decirte que vistes mejor que nadie y que siempre me fijo”. Había olvidado completamente este episodio, puesto que fue archivado hace ya mucho, hasta que ayer mi madre me relató el siguiente: una chica que más tarde aseguró no conocerme de nada le dijo que consideraba que yo tenía mucha personalidad porque vestía mejor que nadie en ese pueblo, el de mis padres, por el que yo me paseo muy de vez en cuando, y que no podía evitar fijarse en mí cuando me veía pasar cerca de su casa. Siempre me ha parecido interesante esta gente y encima la mar de jovial, porque yo moriría ruborizada al intentar soltar a alguien tan aduladora confesión. Y por eso es la que más admiro.

Hoy en día, por lo general, estoy encantada con mis gustos en cuanto a moda y con todo lo que me pongo. Siempre hay gente a la que aprecio que destaca que tal o cual cosa que llevo es bonita, pero ya no necesito que lo hagan. Lo sé y no preciso como antes pasarme cada dos por tres un día de compras buscando algo específico que seguramente sólo exista en mi imaginación. De hecho, apenas salgo ya de compras. Mi estilo es algo tan asentado a estas alturas que casi no necesita variaciones, así que me siento tan segura de él que ya no envidio nada de las chicas bien vestidas que pueda encontrar en el metro, que, como siempre, tampoco son tantas.

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En el fin de la noche

Archivado en Escritores • Fecha: 31-10-2007 11:22:49

Uno de mis escritores favoritos es Louis-Ferdinand Céline. En realidad, cuando digo esto me baso en la opinión que me merece el único libro suyo que he leído y que, al parecer, es unánimemente considerado el mejor. Se trata de “Viaje al fin de la noche”, deprimente relato de las idas y venidas del alter ego de nuestro novelista; Bardamú, que así se apellida el trasunto, pasará por la guerra, por la colonización africana, por el sueño americano, para acabar en un modesto papel de médico a las afueras de París con la sensación de haber fracasado siempre, de no haber llegado nunca a comprender su vital necesidad de huir. Huir, ésa es la clave. Cuando Céline la pone sobre el tapete -y lo hace además desde una perspectiva solemnemente depresiva y desengañada respecto al resto de humanidad que lo rodea- a mí no me queda más remedio que permitir que se me erice el vello de las extremidades de la emoción.

Añado estas esclarecedoras líneas a modo de ejemplo: “a fuerza de verte echado a la calle en todas partes, seguro que acabarás descubriendo lo que da tanto miedo a todos, a todos esos cabrones, y que debe encontrarse al fin de la noche. ¡Por eso no van ellos hasta el fin de la noche!”.

Simplemente lo venero con todas mis fuerzas y poco me importan sus filias nazis, porque estoy convencida de que en realidad no se sentía cercano a esto, sino que lo que ocurrió fue que llegó a estar tan decepcionado con el mundo entero que no pudo evitar ciertas actitudes deplorables y cínicas dirigidas al común del género humano. Yo creo que en el fondo era más un anarquista que un fascista, un anarquista taciturno al que no le iban precisamente las afirmaciones políticamente correctas.

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En la carretera

Archivado en Fobias • Fecha: 30-10-2007 11:14:57

No importa lo bien que conduzcas, siempre has de estar pendiente de esa cantidad de pirados que pueblan las carreteras y que hacen cosas tan extrañas como adelantarte en línea continua en una vía secundaria con su familia a bordo para sacarle a su trayecto una ventaja de apenas treinta metros. Como en el coche estamos todos callados digo que toda esa gente vive como conduce, esperando llegar siempre a otro lado y, cuando está en otro lado, esperando llegar a otro lado. Este tipo de personas es el que se traga programas como Gente o España directo, o que sólo podría vivir en ellos, en la sección de sucesos. Y como su vida es una mierda quiere ver programación que también lo sea, y como la programación es una mierda, se convence aún más de que vive en un mundo de mierda y exige más de ésta en ese tótem de su hogar que es la tele, y así continúa por siempre en un bucle infinito de feedback televisivo. Yo, en estos casos, prefiero dejar el aparato apagado y estirarme en el sofá cómodamente. De hecho, éstas son noticias o pedazos de un lugar que no necesito conocer, y en mi ignorancia soy bastante más feliz que esa gente tan informada. Poco me puede ayudar saber a quién han atropellado hoy o a quién robaron con violencia en su propia casa anoche. En la mía no dejo que entre este material tóxico, tengo suficiente con darle al botón de apagado del mando a distancia para cerrar el vórtice.

Como estamos escuchando la banda sonora de Death Proof aún tengo más miedo, porque soy consciente que el loco de la película no sería algo demasiado improbable en un mundo de adictos a los programas de sucesos. Digo que mucha gente piensa que existe en un videojuego, vista la manera en que conduce. Seguramente todavía cree que le queda unas cuantas vidas que agotar. A. dice que qué bonita era la montaña y que, incluso, que qué bien sentaba oler estiércol en lugar de dejar entrar por las fosas nasales este aire saturado de la contaminación de las fábricas y que, visto desde aquí, esto no es más que un horroroso escalextric y que la civilización no tiene mucha gracia.

En fin, que como la vida es ridícula y en la carretera una ve eso con demasiada claridad, en circunstancias como éstas, y sobre todo en los atascos, yo siempre recuerdo la escena de la absurda caravana de Weekend.




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Niños

Archivado en Personal • Fecha: 27-10-2007 21:41:25

Hoy he estado comiendo con la familia de mi madre, la única parte de familia que de verdad puedo soportar. Y ésta me gusta, entre otras cosas, porque tiene una casa enorme llena de perros felices que corretean bajo el tendido de parras del patio y te traen la pelota de tenis para que juegues con ellos, como si te conocieran de siempre. Los animales son así de básicos y amables, y la familia de mi madre también se comporta de esta manera. Te hace sentir como en casa, pese a que hace ocho años que no la veía. Mientras que ellos sólo han envejecido, a mí a duras penas me reconocían, porque se puede decir que desde entonces he cambiado bastante. Ahora soy mayor. Cuando mi prima ha recordado la última vez que nos vimos me ha parecido increíble e imperdonable que yo no hubiera mostrado ningún interés por visitarlos en tanto tiempo. Me he sentido realmente responsable de algo muy grave.

Después de comer hemos paseado por la playa y he visto a lo lejos el rompeolas, y, en el mismo plano visual, lo cercanas que parecían las calas de otros pueblos que yo creía alejados. Le he dicho a mi tía que siempre he querido tener una cometa que poder hacer volar corriendo por la arena. Aunque no es del todo cierto; de pequeña me hubiera encantado, ahora, a estas alturas, me sentiría un poco estúpida.

También me gustan las dos hijas de mi prima, dos niñas rubitas de cuatro y seis años con pestañas larguísimas y fisonomía de guiris. La mayor con su vestido, sus coletas y sus mofletes parecía una alemanita de la Selva Negra. Todo el tiempo querían hacer barquitos de papel y ponerlos a navegar en la piscina, y para ampliar la flota bastante rápido me han forzado a trabajar en ello sin parar. Cuando pensaba que por fin estaban satisfechas y mi labor ya había concluido volvían a aparecer con nuevas hojas de papel que doblar. A mí los niños me agotan bastante, en parte porque, por alguna razón, les gusto y se me pegan, pese a que la mayoría de veces me muestro un poco antipática a propósito para repelerlos. En este caso eran dos niñas bastante soportables, pero querían que me trasladara a su emocionante mundo de juegos infantiles en lugar de permitirme perderme en la conversación de los mayores, que yo creía que era el lugar que por derecho me correspondía. Pero el mundo de los mayores parece ser algo que no va del todo conmigo y los niños se dan cuenta. Yo intento apartarme de ellos y fingir que soy adulta y todo eso, pero saben que no es cierto, o que al menos no me lo acabo de creer. Los niños notan estas cosas. Así que no me suele quedar más remedio que unirme a ellos y participar en lo que hacen. Cuando han sacado sus ridículas muñecas Polly Pocket y las han empezado a vestir he visto con claridad que ya no había nada que pudiera hacer para librarme.

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Felicidad absoluta

Archivado en Personal • Fecha: 22-10-2007 12:26:53

Recuerdo la época en que buscábamos fósiles y almendras. Eran dos cosas que hacíamos sin distinción alguna entre ellas. Una vez, en aquel lugar en el que nos dedicábamos a eso, me estiré sobre la hierba, bajo un árbol, y sonó el reloj de una iglesia cercana dando la hora. No sé por qué, pero tuve un momento de felicidad absoluta.

Muchas veces, después, intenté repetir ese momento; busqué un paisaje similar y me tumbé en él. Cuando suena el reloj del hospital, a veces, pienso en eso, en tener mi instante de clímax. No obstante, todo son sucedáneos. El momento perfecto, la felicidad absoluta nunca he podido planearla del todo, es más huidiza que un gorrión de los que veo cuando estoy sentada en el banco de un parque intentando recrear ese momento una vez más.

Es curioso, pero creo que por fin lo tengo, ahora barajo la idea de conocer cuál es el secreto. Me falta la persona con la que viví aquel momento. El ingrediente misterioso de la receta quizás sea ése.

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Malditos peluches

Archivado en Fobias • Fecha: 21-10-2007 13:52:59

No me gustan los peluches. Pero es que nada.

Cuando era una preadolescente a todas mis amigas les encantaban los animales de peluche y, en una ocasión, para mi cumpleaños, me regalaron un koala amarillo que ellas consideraban monísimo y muy acertado, así que tras desenvolver el paquete tuve que disimular el desprecio que me merecían sus lamentables gustos con una hipócrita sonrisa. En aquel momento las detesté y supe que ya no habría remedio, que siempre me sentiría alejada de ellas, diferente e incomprendida. Años más tarde, nuevamente en ocasión de mi cumpleaños, llegué por la noche a casa y abrí la puerta de mi habitación a oscuras y tuve que contenerme para no soltar un grito tras distinguir una monstruosa silueta sentada en la silla de mi escritorio. Hice acopio de valor en lugar de salir corriendo, no de miedo sino de vergüenza y humillación, y encendí la luz para comprobar que la silueta no correspondía ni a un ser vivo ni a una criatura del más allá, sino a una mullida y gigantesca mariquita que mi madre, absoluta ignorante de los gustos de su hija, había tenido a bien regalarme. Así quedé convencida del insoportable hecho de que yo era una total desconocida para el universo en general. No sólo mis amigas y novios decidían hacerme todavía un poquito más amargo el trago de cumplir años, sino que mis propios progenitores poco o nada demostraban saber de mí. ¿Cómo se las habían apañado para suponer que podían gustarme los peluches? Nunca en toda mi vida he mostrado interés ante la visión de uno. Ni en tiendas ni en casas ajenas. ¿Por qué entonces? ¿Por qué empecinarse en ello? Y digo empecinarse porque he seguido padeciendo otros episodios igualmente traumáticos relacionados con peluches, pero por hoy ya basta. Desde luego.


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Mercè Rodoreda

Archivado en Escritores • Fecha: 20-10-2007 10:59:42

Leí por primera vez a Mercè Rodoreda en el instituto, cuando me mandaron “Mirall trencat” para la clase de catalán.

Tras ese libro obligatorio decidí que ya no podía vivir sin sus novelas. Y, aunque otros autores como Vladimir Nabokov me gustan mucho, he de admitir que no encuentro en la trayectoria de éste la cantidad de obras maestras que sí que aprecio en la de la Rodoreda. De hecho, pese a los estilos tan diferentes de ambos, no me cuesta percibir similitudes entre algunos de los mejores momentos de “Mirall trencat” y “Ada o el ardor”, que son aquellos en que unos niños crecen y juegan alejados de las vista de sus padres en un inquietante jardín paradisíaco, planeando incestos.

La dulzura e inocencia que a algunos les pudieran parecer casi empalagosas en la escritura de Mercè Rodoreda es en cierto sentido más amoral que la actitud cínica de otros novelistas. Ella nunca juzga a sus personajes, y eso es algo que ni Nabokov pudo evitar hacer en lo tocante a Humbert Humbert.

Por último, diré que no necesito ni incluir un pequeño fragmento de una de sus novelas para demostrar lo buena que es. Me basta con copiar un trozo del prólogo que escribió para “Mirall trencat”. Traduzco del catalán y así me permito un rato de renovado placer mientras lo hago, a la vez que intento comprobar si me fascina igual.

“La Perla del Lago es un restaurante cerca del Leman. Cerrado en invierno, en verano es un lugar encantador. En la terraza toman el té señoras y señores ginebreses felices de haber nacido en Suiza, paraíso de Europa. Entre trago y trago de té ves el agua cortada por esquiadores náuticos, por lanchas motoras, por barquitos de vela, por vapores blancos con la chimenea negra y amarilla que hacen la travesía del lago. El restaurante está rodeado de jardines, de cedros y de tilos centenarios, de una locura de flores, de tendidos de hierba sin una brizna que no tenga un verde de esmeralda. Una tarde, a la puesta del sol, una señora ya mayor bajó de un Rolls, se acercó al muro a ras del lago y se quedó tan inmóvil que no parecía de verdad. Llevaba joyas, cosa rara en una ginebresa: un brazalete amplísimo de brillantes y de zafiros. Al cabo de un rato se fue. ¿Qué debía pensar contemplando las barcas, el agua con sol y cielo desmenuzados encima, el vapor que pasaba haciendo sonar la sirena con alegría? ¿Pensaba en ella? ¿Reveía su juventud? ¿Veía algo o no veía nada, tan profundamente perdida en sus recuerdos? Más tarde, cuando, sin esforzarme por pensar, volví a pensar, no sabía si tenía los cabellos rubios o negros, no lo sé. Recordaba sus ojos, que, un momento, toparon con los míos; unos ojos de color indefinido en donde se había ido acumulando mucha vida. Una imagen de refinamiento, un poco fuera del mundo, un poco diferente de todo. Al crear a Teresa Goday de Valldaura, le di los ojos de la dama del Leman.”

El año que viene, conmemorando el centenario de su nacimiento, se celebrará el año Mercè Rodoreda, y yo es que me pongo sentimental sólo de pensarlo, porque aunque a mí este tipo de aniversarios suelen abochornarme más que otra cosa, éste en concreto representa para mí una ocasión especial para adentrarme aún más en sus obras.

Escrito por distimia
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